sábado, 4 de marzo de 2017

Amazonas, ya estás aquí

De la emoción de sobrevolar más de 500 Km de selva, la sombra de las nubes sobre los árboles nos parecían lagos. Atravesamos con el avión la selva desigual, tupida, potente, crecida. El Caquetá, pequeño y serpenteante, y más adelante el Putumayo la pasean con respeto, dándole curvas y apaciguándola. LLegamos a Leticia, aeropuerto entre árboles, selva que invade.


Pero no hay tantos mosquitos y cuando nos instalamos en el B&B de Alejandro y Nora, deshacemos la maleta, comprobamos lo mal que va el wifi, el calor añadido de los colchones de espuma en camas curvadas y las explicaciones inexactas que no entendemos. Nos damos cuenta de que estaremos bien, y de que estar cerca del Amazonas no supone tanto riesgo zancudo: aquí viven 40.000 personas casi sin repelentes anti-mosquitos.

Obligada visita al parque Santander para ver sus miles de loritos que vienen a dormir, gritando, desde todas partes. Aquí el peligro es diferente: una chica muy guapa emborrachó y desplumó “ni dinero para volver” a un americano “más alto que su marido, quizá más guapo”, le explica la mujer gordita  a Enri en el banco donde nos sentamos para ver llegar la bandada.

Visitas a agencias de excursiones, a ver qué dicen. Casi todas ofrecen excursiones de un día a la isla de los micos, a Puerto Nariño, al zoológico peruano, a los delfines rosados, a los nenúfares gigantes. También visitamos la del primo de Alejandro, quien nos describe las condiciones higiénicas y materiales de los barcos peruanos que cubren la ruta Leticia- Iquitos, a donde queríamos ir. Después de su explicación, decidimos que iremos a Manaos, tres días de navegación en barcos antiguos también, pero mejores. Ya que pronto será el famoso Carnaval brasileño de Manaos, es posible que encontremos un avión de vuelta a buen precio.

A mediodía entramos en Tabatinga, comemos peruano, muy valorado aquí, lo más parecido a una paella que hemos visto hasta ahora y vamos a la Comara a ver el Amazonas, que ahora está diez metros por encima de su nivel normal, con un ancho de 6 Km. Lo vemos grande, con agua que corre arrastrando troncos y hojas, con fuerza que amenaza comerse parte de las orillas, pero que nos espera, nos invita también, amable y potente. 

viernes, 24 de febrero de 2017

PNN (Parque Nacional Natural) PURACÉ


L’autobús que va a La Plata, ens para al cruce de la mina de azufre. Allà ens espera en Manuel, el guia indígena que ens acompanyarà tota la visita. Tranquils! Hi ha temps! Per l’avistament de còndors és d’hora. Fa fred, som a 2800m.


Un grupet de 20 persones esperem, tan calladets com podem, l’aparició de les aus gegantines, nomes una parella, una colònia minsa que voldrien augmentar. Ens confonem quan apareixen els primers gallinazos. Collons!! Quan veiem el primer còndor ens n’adonem de l’error. Venen tots dos atrets per l’esmorzar que els han deixat sobre una roca. Són allà mateix, a tocar. Per un moment, s’aparten els nuvols del cim i veiem el volcà Puracé (4646). Es tímido y no le gusta dejarse ver.





Seguim viatge fins la laguna de San Juan. Primer parem al páramo, pugem a un mirador. Espectacular!! Fa vent. Després a la cascada que es forma més endavant amb les aigües del páramo i finalment, al pozo cristalino, que malgrat no tenir res d’especial, és un lloc d’una bellesa màgica.

Arribem a la laguna. En Manuel ens deixa en mans dels guardes, perquè ens facin una explicació i ens donin instruccions. Des de l’any passat els indígenes i l’estat han arribat a un acord d’explotació del parc. Conviuen tranquil·lament.

La cadena volcànica dels Coconucos “respira” per les termales de San Juan de Pilimbalá. Quina pudor! Huele a azufre!!, que diria en Chávez. Tot un seguit de brolladors que conflueixen en un riu de sofre que du més de 400 l/s i conformen un espectacle que la nostra petita càmara no aconsegueix captar: verds a manta, vermells en gradació, groc, blanc, el negre de la terra i el blau: clar a sota, barrejat amb els minerals de l’aigua, i intens al cel. Frailejones, palmas. No veiem dantas (tapirs) ni linx ni osos de anteojos, tot i que diuen que alguns n’hi ha.

Ja no sentim el fred. Desfem el camí. Encara estem bocabadats!!

domingo, 19 de febrero de 2017

EL Consejo Indígena del Cauca - CRIC

(debajo, en castellano)
Amb el  que hem vist i sentit, amb la valentia dels ignorants, ens atrevim a opinar i, després d'escoltar molta gent  fins ara a Colòmbia, només hem vist  dues visions de futur amb il·usió, amb empenta: una dreta lligada als EEUU i el moviment indígena.

Una de las organitzacions, la més important  de l'ONIC (Organización Nacional Indígena de Colombia), es el Consejo Regional Indígena del Cauca: CRIC (http://www.cric-colombia.org/portal/), que agrupa els indígenes de les deu  ètnies del Cauca i que existeix des de 1971. La base dels seus objectius són deu punts programàtics, sempre en defensa de la terra, dels drets dels indígenes i de la vida.

Un gran avenç, després de lluites i desprecis, va ser que la Constitució de 1991 reconegués la diversitat ètnica de Colòmbia, la propietat comunal dels seus territoris ancestrals , el dret a una educació i una salut pròpies i el reconeixement del dret a un govern, pressupost i jurisdicció pròpies als territoris indígenes. També estan començant a fer lligams amb altres forces progressistes del país i, per descomptat, a organitzar els indígenes que viuen  a les ciutats.


La guàrdia indígena és l’autoritat que té cura del territori, supeditada als Consells de zones. És ella qui defensa el territori, arribant a ocupar terres amb força i a mantenir-les enfront de la policia, encara que  té per suprem valor la defensa de la vida, també dels que entren al seu territori: així, heroicament, després que la policia disparés a un guarda de 28 anys en les ocupacions de 2006, va protegir la vida dels smarts (CRS colombians) que el poble volia linxar.




Avui ens han rebut a la seva seu central, a Popayan. De la mà de l’Aparicio, hem anat passant pels diferents departaments que ens han explicat aspectes de la història, del territori, del paper dels grans, dels joves, del projecte educatiu i sanitari. El CRIC  ha  passat de tenir 50 mestres a manegar-ne 800. No ho recordem pas tot, però ens queda la imatge de persones que ha pensat molt les coses i amb paràmetres molt diferents dels nostres, un poble, una gent ilusionada amb el futur, amb el món.



Con lo que hemos visto y oído, con la osadía de los ignorantes, nos atrevemos a opinar y, después de hablar con mucha gente hasta ahora en Colombia, sólo hemos visto  dos perspectivas ilusionadas de futuro, con empuje: una derecha vinculada a los EEUU y el movimiento indígena.

Una de las organizaciones, quizás la más importante del  ONIC (Organización Nacional Indígena de Colombia), es el Consejo Regional Indígena del Cauca: CRIC (http://www.cric-colombia.org/portal/), que agrupa a las diez etnias del Cauca y que existe desde 1971. Su objetivo está expresado en diez puntos programáticos, siempre en defensa de la tierra, de los derechos indígenas y de la la vida.

Un gran avance, después de luchas y agravios, fue que la Constitución de 1991 reconociera la diversidad étnica de Colombia, la propiedad comunal de sus territorios ancestrales , el derecho a una educación y a una salud propias y el reconocimiento del derecho a un gobierno, una jurisdicción y un presupuesto  propios en los territorios indígenas.  El movimiento indígena también está trabando vínculos con otras fuerzas progresistas del país y, por supuesto, organizando a los indígenas que viven  en las ciudades.

La guardia indígena  cuida del territorio, supeditada a los Consejos de zona. Defiende el territorio, llegando a ocupar tierras con fuerza y a mantenerlas frente a la policía, aunque  tiene por supremo valor la defensa de la vida, también de los que entran en su territorio: así, heroicamente, después de que la policía disparara contra un guardia indígena de 28 años en las ocupaciones del 2006, protegió la vida de los smarts (CRS colombianos) a los que el pueblo quería linchar.

Hoy el CRIC nos ha recibido en su sede central en Popayán. De la mano  de  Aparicio, hemos ido pasando por los diferentes departamentos donde nos han explicado aspectos de la historia, del territorio, del papel de los mayores, de los jóvenes, del proyecto educativo y sanitario. El CRIC ha pasado de tener 50 maestros a gestionar 800. No lo recordamos  todo, pero nos queda la imagen de unas personas que han pensado mucho las cosas y con parámetros muy diferentes de los nuestros, una gente, un pueblo ilusionado con el futuro, con el mundo.





sábado, 18 de febrero de 2017

PANIQUITÁ Y CALDONO


Por la tarde, Kate y Betty nos acompañan a Paniquitá,un resguardo del municipio de Totoró. Allí todo el mundo las conoce y las quiere. Leonardo Velasco, el gobernador, nos recibió muy amablemente y nos dedicó el que parecía todo el tiempo del mundo. Nos estuvo explicando la organización del resguardo y sus veredas y nos mostró las instalaciones del Cabildo.


Fue para nosotros un gran orgullo sostener el bastón de autoridad, el palo de chonta representativo de la autoridad indígena que hacía poco habían refrescado, porque habían renovado los cargos. Durante la renovación había sido reelegido, lo cual significaba para él un gran orgullo y una gran responsabilidad.


Nos acompañó por todo el resguardo y de su mano entramos en la radio, en una zapatería artesanal en plena expansión (el propietario y su hijo van a intentar comercializar zapatos de salsa en Cali), en una casa donde hacían artesanía con cabuya, en la escuela (que en ese momento ya no tenía inquilinos) y volvimos a casa de la tía de Aparicio, que nos regaló con un café bien amargo y unos hojaldres  riquísimos.




A la mañana siguiente, Aparicio nos dejó que lo acompañáramos a Caldono, una comunidad a 67 km de Popayán. Allí consiguió que viéramos una escuela indígena, parece que nada sea imposible para este hombre. Subimos la montaña en jeep. José Hernández nos acompañó y rememoró para nosotros su infancia, cuando las veredas no tenían escuela y tenía que bajar media hora a pie y demoraba una hora en subir. Se siente orgulloso de ese avance de su comunidad.

Mientras subimos, nos cruzamos con los muchachos que iban a refrescar sus varas al río, porque acababan de elegir a sus representantes escolares, cada clase el suyo. Los profesores nos acogieron muy amablemente y nos permitieron entrar en tres clases distintas. En una estaban trabajando la lengua, los niños escribían cómo habían vivido la elección de sus representantes y qué harían ellos en caso de ser elegidos; en otra estaban trabajando la carta del jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos y en la tercera, pecuaria.



La mayoría de niños conocen aquí el nasa yuwe, la lengua propia del pueblo Nasa. Intercambiamos frases en nuestra lengua propia con ellos. Al principio eran reacios a preguntar, pero luego ya se soltaron (expresión con connotaciones distintas aquí, prohibido emplearla públicamente). Un profesor nos preguntó, para incitarles, si nuestros libros de Historia seguían haciendo referencia al término conquista, cuando hablaban de la colonización.

Cuando salimos de la última clase, nos invitaron al comedor donde ya los últimos niños estaban terminando su almuerzo y nos gustó compartirlo con ellos: arroz, yuca y ayuco, todo producido en las huertas contiguas. Lavamos juntos nuestros platos y descendimos de nuevo.

Fueron dos experiencias deliciosas.

Silvia y los guambianos

El martes hay mercado en Silvia, un pueblecito a 53 km de Popayán. Hemos cogido el autobús, en el que iban subiendo turistas, como nosotros, en la Estación de autobuses de Popayán. Muchos turistas en proporción a lo que estamos acostumbrados a ver aquí. Ha demorado una hora y media y algunas curvas, que a los que no han circulado por el Pirineo les pueden parecer muchas.

Hemos paseado por el mercado, muy parecido a otros mercados si no fuera por el gran número de chivas coloridas que llegaban de todas partes. Nos sorprendió ver la inimaginable cantidad de papas (y parientes suyos) que no conocíamos. 
Mujeres y hombres de coloridos trajes y sombreros diversos se dispersaban y se agrupaban aquí y allá como gotas de mercurio: son los miembros de la comunidad guambiana.



Lo mejor del día fue el viaje que hicimos hasta el resguardo guambiano. Subimos en un jeep lleno de indígenas que volvían a sus casas cargados con sacos de patatas y bultos diversos, entretenidos con la conversación que manteníamos con el taxista: un match cruzado de preguntas y respuestas que terminó en empate de risas todos juntos. Fueron 20 minutos deliciosos de conversación y paisaje.



Tras descender del resguardo, cogimos el autobús, lleno de turistas (como nosotros), y volvimos a Popayán.

LLegamos al Cauca

Desde Medellín Avianca nos trasladó a Bogotá, cambiamos de terminal y nos puso en otro avión tras conseguir que 4 pasajeros cedieran su pasaje por unos miles y los gastos de hotel. Así llegamos al altiplano colombiano y a Popayán, la capital del Cauca, con sus 250 mil habitantes, llena de taxistas que critican mil aspectos de su ciudad, que opinan por los codos al mismo tiempo que nos aconsejan “no dar papaya”.

El cómodo aeropuerto en el centro nos permite verla enseguida y, después de la dureza de Bogotá y Medellín , nos parece una ciudad amable: casas bajas, ni ricas ni pobres, no vemos pobreza en la calle, huele a pan.

El clima es de eterna primavera. El sol pega fuerte al mediodía, pero a la sombra se está bien y por la noche hace un poco de fresquito. El paisaje del monte es espectacular: verde por doquier en lomas, al lado de los caminos, en veredas... verde oscuro, verde claro, amable, dulce verde.

Aparicio, a quien conocimos en el VOLT3 en Barcelona, nos recoge en el aeropuerto, nos ha acogido junto con Betty, que cocina de maravilla, y nos sentimos en su casa como en nuestra casa: nos miman, nos cuentan , nos hacen sentir como de la familia, nos pasean y no se agobian por nada. Estamos bien, en Popayán, la ciudad blanca al lado del río Cauca, con ellos.




jueves, 16 de febrero de 2017

Medellín, todos envidian tu dinamismo


Dos mañanas estuvimos ocupados intentando reparar nuestra cámara. Eso nos permitió conocer algunas zonas de la ciudad en el centro y en Poblado. No fue posible, cada día tenía peor aspecto y allá se quedó, en urgencias. Quizás algún día aparezca en Barcelona de la mano de David y eso nos permita conocerlo.


Varias veces cogimos el metro, en el parque Berrío, al lado del hotel. Allí hay un mural gigantesco que nos pareció interesante, recupera la historia de la región. La estación es gigantesca, moderna y está bien organizada. El metro, al aire libre, nos permite ver la ciudad a gran velocidad. La arquitectura de ladrillo nos parece particular. Algunos edificios singulares no acaban de encajar con nuestro gusto. Visitamos las oficinas de Claro para aclarar unos términos de nuestra tarjeta sim que quedaron claros, pero nos parecieron oscuros (traducción: ganó Claro por goleada). Al subir al parque Arví vimos la Biblioteca España, un edificio en re-construcción en la Comuna 13. El Metro Cable nos permite eludir las largas escaleras que escalan hasta lo más alto de la ciudad. El Archivo Histórico de Medellín lo vimos desde la calle y la fachada nos llamó la atención. Los gordos del paisa Fernando Botero no pasan desapercibidos ni aquí ni en ninguna parte.

Inauguramos casi la temporada teatral. Fuimos al teatro El Trueque en la carrera 40 # 50 b 32 a ver El Ángel de la Culpa del psiquiatra, escritor y dramaturgo chileno Marco Antonio de la Parra. Salimos cabizbajos sin decir palabra.