Pero no hay tantos mosquitos y cuando nos instalamos en el B&B de Alejandro y Nora, deshacemos la maleta, comprobamos lo mal que va el wifi, el calor añadido de los colchones de espuma en camas curvadas y las explicaciones inexactas que no entendemos. Nos damos cuenta de que estaremos bien, y de que estar cerca del Amazonas no supone tanto riesgo zancudo: aquí viven 40.000 personas casi sin repelentes anti-mosquitos.
Obligada visita al parque Santander para ver sus miles de loritos que vienen a dormir, gritando, desde todas partes. Aquí el peligro es diferente: una chica muy guapa emborrachó y desplumó “ni dinero para volver” a un americano “más alto que su marido, quizá más guapo”, le explica la mujer gordita a Enri en el banco donde nos sentamos para ver llegar la bandada.
Visitas a agencias de excursiones, a ver qué dicen. Casi todas ofrecen excursiones de un día a la isla de los micos, a Puerto Nariño, al zoológico peruano, a los delfines rosados, a los nenúfares gigantes. También visitamos la del primo de Alejandro, quien nos describe las condiciones higiénicas y materiales de los barcos peruanos que cubren la ruta Leticia- Iquitos, a donde queríamos ir. Después de su explicación, decidimos que iremos a Manaos, tres días de navegación en barcos antiguos también, pero mejores. Ya que pronto será el famoso Carnaval brasileño de Manaos, es posible que encontremos un avión de vuelta a buen precio.
A mediodía entramos en Tabatinga, comemos peruano, muy valorado aquí, lo más parecido a una paella que hemos visto hasta ahora y vamos a la Comara a ver el Amazonas, que ahora está diez metros por encima de su nivel normal, con un ancho de 6 Km. Lo vemos grande, con agua que corre arrastrando troncos y hojas, con fuerza que amenaza comerse parte de las orillas, pero que nos espera, nos invita también, amable y potente.



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