miércoles, 8 de marzo de 2017

EL AMAZONAS: LA SELVA INUNDADA


Después de sonsacarla en el puerto de Tabatinga, la desganada vendedora de billetes para Manaos en el  Sagrado Corazón de Jesús nos aclaró que no había rebajas aunque viajáramos sólo hasta  San Antonio, en el Amazonas brasileño  y volviéramos desde allí, a mitad de trayecto, en una lancha rápida de su misma compañía. Extrañamente,  nos permitió subir a inspeccionar los camarotes: eran estrechos, dos literas, sin ventanas y sucios. Aunque nos dolió, decidimos no hacer el viaje en buque por el Amazonas.

Quedamos con Amazon jungle trips, la empresa de Antonio Cruz, y alquilamos su tour de cinco días, cuatro noches   Alejo y Nora guardarían nuestras maletas y, o bien tendríamos la misma habitación o nos buscarían otra semejante.

El sabado un tuc tuc encargado por la agencia nos vino a recoger y nos llevó al puerto de Leticia,  donde la agencia nos presentó a Uli y Renata,  dos muniqueses   que resultaron buenos compañeros de viaje , nos subió en una lancha y nos llevó por el Amazonas, después al Jávari y justo al entrar en el Zacambú, a la maloca-palafito, con patas sobre el agua, donde estaríamos tres noches: habitación amplia, doble protección contra mosquitos que nosotros ampliamos llenándonos de repelente: ¡estábamos en casa de los zancudos!

Estamos a mitad de la estación de lluvias, el bosque está inundado, salvo algunos pequeños promontorios a kilómetros de casa. El río ha subido más de doce metros, quizá subirá cinco más: en los ríos principales las corrientes son fuertes ( vemos canoas bajando el Jávari sólo con la fuerza de la corriente), pero en el bosque inundado el agua casi no se mueve. Es necesario utilizar las canoas para moverse, no hay tierra cerca, y en el lodge vemos tres, de madera: sólo una con toldillo, otra tiene un motor fuera borda y la tercera, con el motor al extremo de un eje, es la más pequeña y la más usada por los nativos.



Inundado no significa impracticable. Usando el lecho de quebradas preñadas de agua o de ríos ahora sumergidos nos podemos mover en canoa evitando las lianas por entre la selva. Tres chicos -hombres, dos de la etnia ticuna, nos han acompañado: Pedro (17 años),  Mayco (25) y Manuel (35), sin ellos no hubiéramos podido acercarnos a la selva: la visión cercana, compleja y sabia que tienen de los árboles, animales y plantas nos la han ofrecido con amor y dulzura, nos la han transmitido con maestría y sencillez. Les estamos agradecidos, mucho.

Hicimos muchas fotos. Quien se atreva a dudarlo, que nos lo diga, le invitaremos a una sesión fotográfica completa; pero ponemos las acuarelas de César Bertel (que vimos después en Cartagena) porque nos parece que retratan el universo que vivimos esos días mejor que las fotos.




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