sábado, 11 de febrero de 2017

BYE BYE, CHOCÓ


Mañana nos vamos, adiós Janano y Jananito, Agua Clara y Agua Clarita, Arusí y Arusicito. Por la noche volvió a llover, no cayó manguera, pero sí una lluvia generosa que evaporó durante toda la mañana. Humedad, calima, sol y mosquitos (menos de los que esperábamos, eso sí).


Por la mañana paseamos por la playa con Ana y con Gonza hasta la desembocadura del río, cerca de  Mesopotamia, de Bernardo Valencia.

No hemos conseguido mango ni papaya para la comida que vamos a hacer todos juntos. Ayer almorzamos donde Ana, que nos cuidó sobremanera, y hoy vamos a comer la albacora que le trajo ayer Chepuro a don Gonzalo y un pargo rojo.

Después de comer, les ofreceremos a nuestros amigos un vinete y unas galletitas que compramos ayer para agradecerles. Nada es lo que parece, ¿recuerdan? La receta del vinete: aguardiente, nuez moscada, clavo de olor, canela y panelita tostada, muy rica, para dar color. La prepara doña Raquel, la mamá de Argemiro. Jep está preparando el arrocito. Don Gonza fue a donde Marcos, el patrón de la barca, a recordarle que mañana a las 6:30 salimos con él.

No hemos conseguido que Carlos-Ramón, es decir, Carlitos, el marido de la enfermera, nos devuelva el cambio de la excursión que hicimos con él.


Gonzalo nos regaló dos canciones, que ahora son también nuestras: La piel de la naranja  y Alumbra, Luna 



COLOMBIA, LA COSTA DEL PACÍFICO, CHOCÓ, ARUSÍ.


A las 6:00 amanece en Colombia y vale más levantarse. El sol tumba a mediodía en Arusí, el bochorno es insoportable a las 3:00 y refresca un poco, muy poco, antes de que anochezca. Hace días que no llueve y todo el mundo espera la lluvia.

Vemos gente que pasa por la playa, algunos se acercan a saludar a Gonzalo, que llegó hace 25 años de Pereira y es muy querido aquí. Unos van cargados, otros llevan un bastón largo, una bolsa, las sandalias en la mano. Otros pasean con una sombrilla. La música del pueblo se oye cercana. Es día domingo. Samy corta cocos, que venderá luego en Buenaventura. Hoy no salieron las lanchas a pescar. La vida se rige por el sol y por la marea, a nuestros pies, que sube y baja dos veces al día, puntualmente. El sonido del mar es omnipresente.


Cae la noche, ya son las 6:00. Solo la agradable conversación con Gonzalo, Ana y su amiga Natacha alarga la noche hasta las nueve y media. Es ya muy tarde, todavía hace calor, nos acostamos, bajamos el toldillo. A las 10:00 se va la luz, solo el sonido del mar permanece con nosotros toda la noche.

viernes, 10 de febrero de 2017

En canoa por el río Arusí


Ficar-se endintre de la selva, en canoa feta d’un sol tronc i tallada a mà seguint un riu tropical, ho havia somniat des que llegia Salgari. Avui ho hem fet: hem seguit el riu Arusí aigües amunt fins Aguaclara. 









Alló que la vegetació del costat es menja el riu deu ser un invent del Salgari; el riu era cabalós però només com dos  o tres  llobregats: la pèrtiga que menava en Carlos , dret al darrere, tocava fons gairebé sempre i a estones havíem de baixar i tibar la canoa. Se sentia algun ocell, però cap cosa de l’altre món. Era bonic, bell, vert, rodó, ple i natural.






Un pare, el seu fill i el nostre trobo a tot arreu Samy paraven una xarxa i els hem ajudat. Una xarxa, canoa, feina de més  de dues hores amb un resultat que ells han  trobat bo, d’uns cinc kilos de peix.








Una bolcada de canoa ens ha fet mullar la càmera i, possiblement, perdre-la. Ohhhhh




jueves, 9 de febrero de 2017

De Bogotá al Chocó

Nos levantamos a las 2.30 de la madrugada para llegar a la hora indicada, que no adecuada, al aeropuerto de El Dorado. Los aviones en que volamos de Bogotá a Quibdó y de Quibdó a Nuquí eran de 36 y 10 plazas respectivamente, ambos de hélices.





Una hora después de salir de Bogotá, en medio de un día frío, después de pasar al lado del imponente  Nevado del Ruiz y de las fumarolas de su vecino, el comandante nos avisó de que de momento no podíamos descender en Quibdó por culpa de la poca visibilidad, nos informó de que volaríamos “lentamente”a ver si mejoraba la situación y que si no, aterrizaríamos en Medellín. Por suerte la situación mejoró y pudimos bajar en Quibdó, de tierra roja y caliente. Allí nos quitamos la chaqueta y el jersey.

Poco rato después, en un pequeño avión muy cómodo, volábamos a Nuquí. Un hombre alto y gordo tuvo que bajar, le dijeron que pesaba demasiado. El vuelo fue una delicia, aunque las nubes sólo nos dejaban ver retazos del suelo, de los ríos, de la selva que mirábamos con avidez. El aeropuerto tenía la pista asfaltada, contra todo pronóstico.




En Nuquí tuvimos que esperar tres horas, pues a las 13 parte la lancha hacia Arusí; las invertimos en sentarnos en la cafetería del muelle, charlar con Felipe Javier, un chico de 17 años, negro y espabilado, y compartir un almuerzo con dos cubiertos, al precio de dos almuerzos. Cargada la lancha de dos motores con siete personas y una embarazada de ocho meses, el patrón, Marcos, y Samy,su ayudante, dos rollos de 50 metros de manguera de media pulgada y artículos variopintos como huevos, papel higiénico, lejía..., salimos hacia Arusí casi puntualmente y a toda velocidad, embutidos en nuestros chalecos salvavidas y bajo un sol de justicia. Nuestras maletas y las de nuestros colegas viajeros quedaron tapadas por una lona azul y los de primera fila dispusimos de otra lona, roja para ser más exactos, para taparnos hasta medio cuerpo. Efectivamente, salimos a toda velocidad y contra las olas del Pacífico. Las olas nos salpicaban a menudo y teníamos que agarrarnos a los bordes porque de vez en cuando parecía que saltábamos en el aire, cual verdura en wok, y que cayera otra vez la lancha sobre el agua plana.



Al cabo de media hora la barca se acercó a una playa, donde aparecieron un par de hombres, algún viajero se descalzó y saltó al agua. Los que estaban en tierra le ayudaron a descargar sus paquetes y a empujar de nuevo mar adentro la lancha. Eso sucedió cuatro veces y la quinta fue la nuestra: nosotros, que íbamos desprevenidos pensando que en Arusí había muelle, tuvimos que arremangarnos los pantalones, sacarnos los calcetines y las botas y ponernos a toda prisa calzado de agua que, por suerte, encontramos en el tercero de los tres bultos que llevábamos. Marcos nos avisó de que Ana, la mamá de Emi, era la persona que nos esperaba en la playa y nos ayudaron bajándonos la maleta, bendita gente.
Ana nos recibió contenta y tranquila, porque llevaba un día esperándonos y ya empezaba a estar preocupada, y nos mostró la casa de Gonzalo, donde nos habían preparado alojamiento. Con la ayuda de Ana, en una hora tuvimos la habitación montada. Desempaquetamos lo imprescindible, embadurnándonos de repelente de mosquitos, impregnando los pijamas y previendo un ataque masivo de mosquitos que no se produjo, por suerte, porque caímos rendidos para dormir las siguientes 12 calurosas horas. Ni el arrullo del Pacífico a nuestros pies pudo despertarnos hasta la mañana siguiente.

 
Quina bestiesa de costa! Que chévere! Gairebé la hora que dura el viatge de Nuquí fins Arusí, cap edificació visible. Només la selva diversa, no organitzada i potent que puja i baixa les petites muntanyetes fins talment, atacar el mar. Platges de sorra solitàries es converteixen en  la terra de ningú on es dirimeix el combat entre aquesta boscúria  i el mar: dos cops per dia, ajudada per  la lluna,  l’aigua entra pels rius, envaeix la platja tant amunt com pot, intentant ocupar el món. La selva, mentrestant, aprofita les estones sense aigua per llençar cocos, llavors, i mil arrels que intenten i a voltes aconsegueixen clavar-se  més endins,  prenent  un tros de platja al mar.

UN DÍA CON FANNY EN BOGOTÁ

Fanny es encantadora, tiene previsto llevarnos a Zipaquirá, la catedral de sal, y al cerro de Monserrate y a nosotros, desagradecidos, no nos apetece ninguna de las dos.

Fanny es condescendiente, después de recogernos en casa de Octavio en su carro y de intentar sortear sin éxito el trancón que se armó en la ciudad un día antes del día sin coches, cambia el plan previsto y nos lleva a conocer la Universidad Nacional, donde estuvo enseñando durante toda su vida.

Fanny es cordial, nos muestra su casa y las fotos familiares. Fanny es ingeniera agrícola y nos  muestra con gusto miles de frutas desconocidas   en la sección de frutería del Unicentro, el pionero de los centros comerciales de Bogotá, lo único que tenemos a mano.

Fanny es divertida, nos monta en bici-taxi y come con nosotros en un rinconcito de su querida universidad, en un banco, a la sombra de un árbol enorme. Fanny conoce la ciudad al dedillo, es una guía estupenda, casi demasiado, porque nuestra cabeza no puede procesar tanta información.

A estas alturas, Fanny es ya  nuestra amiga. Visitamos juntos La Candelaria y tomamos las onces en La Puerta de la Catedral. Nos acompaña en el Transmilenio y la vemos bajar, una estación antes de la nuestra, cansada como nosotros después de un día agotador. Seguro pues que volveremos a vernos, amiga Fanny.