jueves, 9 de febrero de 2017

De Bogotá al Chocó

Nos levantamos a las 2.30 de la madrugada para llegar a la hora indicada, que no adecuada, al aeropuerto de El Dorado. Los aviones en que volamos de Bogotá a Quibdó y de Quibdó a Nuquí eran de 36 y 10 plazas respectivamente, ambos de hélices.





Una hora después de salir de Bogotá, en medio de un día frío, después de pasar al lado del imponente  Nevado del Ruiz y de las fumarolas de su vecino, el comandante nos avisó de que de momento no podíamos descender en Quibdó por culpa de la poca visibilidad, nos informó de que volaríamos “lentamente”a ver si mejoraba la situación y que si no, aterrizaríamos en Medellín. Por suerte la situación mejoró y pudimos bajar en Quibdó, de tierra roja y caliente. Allí nos quitamos la chaqueta y el jersey.

Poco rato después, en un pequeño avión muy cómodo, volábamos a Nuquí. Un hombre alto y gordo tuvo que bajar, le dijeron que pesaba demasiado. El vuelo fue una delicia, aunque las nubes sólo nos dejaban ver retazos del suelo, de los ríos, de la selva que mirábamos con avidez. El aeropuerto tenía la pista asfaltada, contra todo pronóstico.




En Nuquí tuvimos que esperar tres horas, pues a las 13 parte la lancha hacia Arusí; las invertimos en sentarnos en la cafetería del muelle, charlar con Felipe Javier, un chico de 17 años, negro y espabilado, y compartir un almuerzo con dos cubiertos, al precio de dos almuerzos. Cargada la lancha de dos motores con siete personas y una embarazada de ocho meses, el patrón, Marcos, y Samy,su ayudante, dos rollos de 50 metros de manguera de media pulgada y artículos variopintos como huevos, papel higiénico, lejía..., salimos hacia Arusí casi puntualmente y a toda velocidad, embutidos en nuestros chalecos salvavidas y bajo un sol de justicia. Nuestras maletas y las de nuestros colegas viajeros quedaron tapadas por una lona azul y los de primera fila dispusimos de otra lona, roja para ser más exactos, para taparnos hasta medio cuerpo. Efectivamente, salimos a toda velocidad y contra las olas del Pacífico. Las olas nos salpicaban a menudo y teníamos que agarrarnos a los bordes porque de vez en cuando parecía que saltábamos en el aire, cual verdura en wok, y que cayera otra vez la lancha sobre el agua plana.



Al cabo de media hora la barca se acercó a una playa, donde aparecieron un par de hombres, algún viajero se descalzó y saltó al agua. Los que estaban en tierra le ayudaron a descargar sus paquetes y a empujar de nuevo mar adentro la lancha. Eso sucedió cuatro veces y la quinta fue la nuestra: nosotros, que íbamos desprevenidos pensando que en Arusí había muelle, tuvimos que arremangarnos los pantalones, sacarnos los calcetines y las botas y ponernos a toda prisa calzado de agua que, por suerte, encontramos en el tercero de los tres bultos que llevábamos. Marcos nos avisó de que Ana, la mamá de Emi, era la persona que nos esperaba en la playa y nos ayudaron bajándonos la maleta, bendita gente.
Ana nos recibió contenta y tranquila, porque llevaba un día esperándonos y ya empezaba a estar preocupada, y nos mostró la casa de Gonzalo, donde nos habían preparado alojamiento. Con la ayuda de Ana, en una hora tuvimos la habitación montada. Desempaquetamos lo imprescindible, embadurnándonos de repelente de mosquitos, impregnando los pijamas y previendo un ataque masivo de mosquitos que no se produjo, por suerte, porque caímos rendidos para dormir las siguientes 12 calurosas horas. Ni el arrullo del Pacífico a nuestros pies pudo despertarnos hasta la mañana siguiente.

 
Quina bestiesa de costa! Que chévere! Gairebé la hora que dura el viatge de Nuquí fins Arusí, cap edificació visible. Només la selva diversa, no organitzada i potent que puja i baixa les petites muntanyetes fins talment, atacar el mar. Platges de sorra solitàries es converteixen en  la terra de ningú on es dirimeix el combat entre aquesta boscúria  i el mar: dos cops per dia, ajudada per  la lluna,  l’aigua entra pels rius, envaeix la platja tant amunt com pot, intentant ocupar el món. La selva, mentrestant, aprofita les estones sense aigua per llençar cocos, llavors, i mil arrels que intenten i a voltes aconsegueixen clavar-se  més endins,  prenent  un tros de platja al mar.

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