Por la tarde, Kate y Betty nos acompañan a Paniquitá,un resguardo del municipio de Totoró. Allí todo el mundo las conoce y las quiere. Leonardo Velasco, el gobernador, nos recibió muy amablemente y nos dedicó el que parecía todo el tiempo del mundo. Nos estuvo explicando la organización del resguardo y sus veredas y nos mostró las instalaciones del Cabildo.
Nos acompañó por todo el resguardo y de su mano entramos en la radio, en una zapatería artesanal en plena expansión (el propietario y su hijo van a intentar comercializar zapatos de salsa en Cali), en una casa donde hacían artesanía con cabuya, en la escuela (que en ese momento ya no tenía inquilinos) y volvimos a casa de la tía de Aparicio, que nos regaló con un café bien amargo y unos hojaldres riquísimos.
A la mañana siguiente, Aparicio nos dejó que lo acompañáramos a Caldono, una comunidad a 67 km de Popayán. Allí consiguió que viéramos una escuela indígena, parece que nada sea imposible para este hombre. Subimos la montaña en jeep. José Hernández nos acompañó y rememoró para nosotros su infancia, cuando las veredas no tenían escuela y tenía que bajar media hora a pie y demoraba una hora en subir. Se siente orgulloso de ese avance de su comunidad.
Mientras subimos, nos cruzamos con los muchachos que iban a refrescar sus varas al río, porque acababan de elegir a sus representantes escolares, cada clase el suyo. Los profesores nos acogieron muy amablemente y nos permitieron entrar en tres clases distintas. En una estaban trabajando la lengua, los niños escribían cómo habían vivido la elección de sus representantes y qué harían ellos en caso de ser elegidos; en otra estaban trabajando la carta del jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos y en la tercera, pecuaria.
La mayoría de niños conocen aquí el nasa yuwe, la lengua propia del pueblo Nasa. Intercambiamos frases en nuestra lengua propia con ellos. Al principio eran reacios a preguntar, pero luego ya se soltaron (expresión con connotaciones distintas aquí, prohibido emplearla públicamente). Un profesor nos preguntó, para incitarles, si nuestros libros de Historia seguían haciendo referencia al término conquista, cuando hablaban de la colonización.
Cuando salimos de la última clase, nos invitaron al comedor donde ya los últimos niños estaban terminando su almuerzo y nos gustó compartirlo con ellos: arroz, yuca y ayuco, todo producido en las huertas contiguas. Lavamos juntos nuestros platos y descendimos de nuevo.
Fueron dos experiencias deliciosas.

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