Satena nos dejó un día en Nuquí esperando vuelo, gracias a eso nacieron los náufragos de Satena, es decir, un grupo variopinto capitaneado por Juana, mujer experta en casi todo. Juntos viajamos el día siguiente hasta Medellín, después de probar la guama.
Medellín tiene la fama de vivir un clima de eterna primavera. ¡Falso! El calor aquí es seco, eso sí, pero de primavera, nada; más bien parece un eterno verano.
Estamos en el centro, un Jano urbano con dos caras: de día es un lugar pintoresco, lleno de vida, de tiendas y multitud de tenderetes con mil cosas distintas. De noche la música se apodera de la calle, salsa, cumbia, reggeaton... No necesitas salir para escucharla, entra por las ventanas abiertas de la habitación del hotel y te persigue hasta altas horas, confundida con el ruido de las bocinas de los coches, de los autobuses, del tráfico que no aminora. Unas sombras distintas se apoderan de las aceras; de día se desvanecen, por efecto del calor y de la vigilancia policial.



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