Una vez en Minca, en cuarenta y cinco minutos de caminata suave, lenta, polvorienta y calurosa, llegamos al Pozo Azul, una belleza de la naturaleza aún no modificada, de lo que muchos colombianos se quejan y como a nosotros nos gusta. Para nosotros fue un placer bañarnos en su agua fresca y gozar de un día agradable. Cuando volvíamos, paramos a almorzar donde vimos un gallo caminando que nos pareció que haría un buen sancocho y allí estos polacos catalanes encontraron comiendo a los polacos de Polonia que conocimos en Leticia.
Allí aprendimos una dolorosa palabra nueva: jején, que aunque lo parece no tiene nada de divertido. Quedó grabada en nuestro vocabulario para siempre, y en nuestras nalgas y piernas por más de tres días.
Para ir a Playa Cristal, en el Parque Nacional Tayrona, sólo había la posibilidad de ir en un tour organizado y así fuimos. Jorge arregló la cosa en el puerto y por teléfono, nos recogieron donde los bomberos viejos, cerca de casa, y nos dieron y cobraron allí los boletos; en una buseta llena, con música a tope, abundantes paradas y explicaciones más que suficientes, accedimos al PNN Tayrona, pasamos el control y escuchamos la explicación del guarda. Llegamos a una playa vecina , subimos disciplinadamente en barcas y fuimos llevados a Playa Cristal o Playa de los Muertos, a la que sólo se accede de manera restringida y por mar.
Desde Playa Cristal puedes imaginarte lo que serían los sitios más bellos de la Costa Brava si no hubiera habido especuladores ni intereses urbanísticos: en una bahía muy amplia pero casi cerrada que atenúa la traición de las olas, bellísima, hicimos caretaje (vimos en directo todos los peces del National Geographic y varios tipos de corales), nos bañamos, charlamos y, sobre todo, nos llenamos los ojos, y por ellos el alma, de belleza pura, sin trampa, tal cual.




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